El mes del Sagrado Corazón: entrar en el misterio del amor de Cristo
Cada año, el mes de junio está dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Esta devoción, profundamente arraigada en la tradición de la Iglesia, no se refiere simplemente a un símbolo de piedad. Nos conduce al centro mismo de la fe cristiana: el amor de Dios manifestado en Cristo. El Corazón de Jesús revela a la vez el amor humano y el amor divino del Salvador, un amor que permanece abierto a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.
En su encíclica Dilexit Nos, el papa Francisco recuerda que «el Corazón de Cristo es éxtasis, salida, don y encuentro». Contemplar el Sagrado Corazón es descubrir a un Dios que no permanece distante del ser humano, sino que sale a su encuentro, comparte sus alegrías, sus sufrimientos y sus esperanzas. El cristianismo no es, ante todo, la historia de una idea o de una moral; es el encuentro con una Persona que ama.
Los tres signos del amor del Corazón de Jesús
El Sagrado Corazón nos revela, en primer lugar, un amor encarnado. El Hijo de Dios no solo habló del amor; lo vivió en su propia carne. Su Corazón latió por sus amigos, se conmovió ante el sufrimiento, conoció el cansancio, el abandono y las lágrimas. Como escribe el papa Francisco: «Cristo quiso amar con un corazón humano». Así, ningún aspecto de nuestra existencia es ajeno a Dios.
El Sagrado Corazón manifiesta también un amor entregado. En la cruz, el costado de Cristo fue abierto por la lanza del soldado. Desde los primeros siglos, los cristianos han reconocido en esa herida el signo supremo del don de Dios. El Corazón traspasado permanece como la prueba de que nada fue reservado. «Nos amó», recuerda el mismo título de la encíclica, retomando las palabras de san Pablo. El amor de Cristo no es una promesa abstracta: es un acto, un sacrificio, una fidelidad que llega hasta el extremo.
Finalmente, el Sagrado Corazón es el signo de un amor que permanece. Resucitado, Cristo no deja de amar. Su Corazón sigue abierto a la humanidad. «En este Corazón podemos encontrar todo el Evangelio», escribe también Francisco. Quien se acerca a Cristo descubre una fuente siempre viva de misericordia, consuelo y paz.
Esta confianza en el Corazón de Jesús está particularmente viva en Cuba. En numerosas familias cubanas, a veces marcadas por las dificultades económicas o el aislamiento, una imagen del Sagrado Corazón preside el hogar. En las casas más humildes, así como en las parroquias de ciudades y campos, esta presencia discreta recuerda que Cristo permanece cercano a su pueblo y no deja de acompañarlo.
«Su Corazón abierto nos precede y nos espera sin condiciones, sin exigir requisitos previos para poder amarnos y ofrecernos su amistad. Él nos amó primero.» (Dilexit Nos, n. 1)
El Sagrado Corazón y nuestro tiempo
Nuestra época está marcada por la prisa, el aislamiento y, a veces, por una cierta indiferencia. Muchos se comunican más que nunca, pero les cuesta encontrarse verdaderamente con los demás. En este contexto, la devoción al Sagrado Corazón aparece con una sorprendente actualidad. El papa Francisco señala que el mundo corre el riesgo de perder su corazón cuando olvida la capacidad de amar y de dejarse amar.
Contemplar el Corazón de Cristo nos invita entonces a redescubrir el camino de la interioridad. «Necesitamos volver a descubrir la importancia del corazón», afirma Dilexit Nos. Allí se toman las decisiones esenciales; allí se juega nuestra relación con Dios y con los demás. El Sagrado Corazón nos recuerda que la vida cristiana no consiste solamente en realizar obras, sino en permanecer en un amor recibido y compartido.
Para los amigos de Misión Cuba, este mes de junio es también una ocasión para llevar de manera especial al pueblo cubano en la oración. Confiemos al Sagrado Corazón a las familias, a los ancianos, a los jóvenes, a los sacerdotes y a todos aquellos que dan testimonio del Evangelio en medio de las pruebas. Que el Corazón de Jesús sea para ellos fuente de fortaleza, esperanza y paz.
El mes de junio es, por tanto, una invitación a dirigir nuestra mirada hacia Cristo. En su Corazón descubrimos la verdad de Dios y la verdad del ser humano. Aprendemos que somos amados incluso antes de haber respondido a ese amor. Y encontramos la fuerza para convertirnos, a nuestra vez, en testigos de esa caridad que transforma los corazones y renueva el mundo.